Javier Etxebarria: El eterno segundón

IBAN GORRITI
De la SDA Amorebieta a tocar el cielo, a pesar de ser un segundón eterno, pero de Primera. Era juvenil cuando este querido portero zornotzarra fichó por el Basconia y de allí a San Mamés. Es una leyenda viva. Javi Etxebarria Azarloza nació en Elizburu el 3 de diciembre de 1940, hijo de María Azarloza y del entonces secretario del Ayuntamiento zornotzarra, José Etxebarria. Los tiempos de sus padres eran se color sepia, aún no emitía ni el segundo canal de televisión UHF. Era un ídolo del momento el arquero de San Mámés, Carmelo Cedrún, que llegaría a ser trece veces internacional con España y que jugó en 1962 el Mundial de Chile. Durante dos temporadas, Javi Etxebarria, diez primaveras más joven, fue su recambio sin debut. “Para mí era un ídolo y, como yo, de Amorebieta. Todo lo que hacía lo hacía bien”, barre para casa. Sin cambiar de juego, al tiempo que Cedrún fichaba por el Espanyol, llegó al vestuario del Basconia un tal Iribar, el a la postre “relevo”, “el príncipe”, apoya Javi. Tras dos temporadas en blanco, ‘el otro’ nunca hubiera pensado que viviría otras cuatro campañas a la fresca de un ‘Txopo’.
El mote del espigado arquero pertenecería a Iribar, de nombre José Ángel, de Zarautz y pendiente en 1962 de ser en 49 ocasiones internacional. Faltaban 13 años para saltar con el txuriurdin Inaxio Kortabarria al césped de Atocha con aquella histórica ikurriña… Sin embargo, “entonces como yo había jugado ya en el Basconia con 18 años, me parecía poco… ¡Y mira!”, se ríe con su continuo humor escoltando al bigote. “El Txopo era extraordinario, el mejor de todos los tiempos. Yo no he visto otro como él y como persona es maravilloso”, le aplaude desde la grada de la memoria.
Con todo, aquel suplente que los balones aéreos los seguía desde la caseta, nunca se ha molestado por ser el eterno segundón. “No me duele la expresión, alardeo de ello. Yo valoro y me identifico con, por ejemplo, Pinto. Es un profesional de la suplencia. Además, yo fui feliz en el Athletic. Cumplí mi mayor sueño”.
‘El Pibe’ (apodo recibido por llamarle él así a un argentino que acudía a San Mamés) es “del Athletic y, también, del que juega contra la Real”. Con Iribar llegó una novedad al club bilbaino. Un guipuzcoano tuvo que ser quien comenzara a cobrar más que los demás. “Hasta su incorporación el sueldo era para todos igual. Al principio, nos pagaban 125.000 pesetas por ficha y años más tarde 225.000. Iribar pasaba de las 300.000 que era un sueldazo. Mi padre cobraba en el ayuntamiento 7.000 al mes. ¡Una casa valía 120.000 pesetas en aquella época!”
El ansiado debut de Etxebarria fue con Barrios como míster. Un Athletic 1 – Murcia 2. Jugó gracias a que el técnico guardó a Iribar para un partido de máxima trascendencia. Con el mismo entrenador, sumó su primera victoria en un Athletic 1 – Córdoba 0. “Se me acababa contrato y al botar ellos un córner bloqué con seguridad y pensé por dentro: me acabo de embolsar un año más… Y, ¡zas! El difunto Patxi Garate (este mes ha fallecido su esposa), de Durango, me dijo que había llamado el club para hablar conmigo y me renovaron por dos temporadas”, se vino arriba.
Su tercer y partido de despedida volvió a ser en San Mamés contra el Valencia. Piru Gainza era entonces el míster del club. Tuvo que tirar de Etxebarria porque Iribar estaba lesionado. No acabó de cantar su alirón particular cuando a falta de diez minutos de contienda, el internacional Guillot le rompió la nariz. “¡Y debutó Deusto!”, finaliza la jugada.
En definitiva, “yo fui como el marido de la Duquesa de Alba…”, chuta y envía la carcajada fuera del estadio. En Bilbao, hizo la maleta y se fue al Sabadell. “Allí vivían más adelantados que aquí. Yo volvía a Amorebieta e iba a hacer las compras de la casa y mujeres y hombres me miraban mal”, señala y despeja de puños con un “tenía el bihotza català”. A su regreso de militar también en las filas del Osasuna y en el Atlético de Ceuta (“nos tenían como estrellas por el amor al Athletic que había allí”), con cuarenta años, se quitó una espina personal. “Vine hablando catalán y no sabía euskera. Me dio rabia no poder hablarlo con mis amigos. Me puse a estudiar Filología vasca y saqué la carrera en Deusto. Gracias una profesora del euskaltegi, conseguí plaza como profesor en el Instituto de Durango”, evoca quien llegaría a ser presidente de Andra Mari Ikastola de Amorebieta, centro del que era socio fundador.
En el segundo tiempo de su vida, ahora, salta al terreno de juego con los deberes hechos. Se empeña en hacer entender a su nieto Martin que “el fútbol sí, pero antes estudiar”. Como su nieta Elene, los dos son “lo máximo para mí. ¡Cómo se les quiere!”. Y Javi se despide con la sonrisa puesta, haciendo una palomita con un peluche de portero del Athletic para la fotografía y minutos después saluda abriendo su casa para cuando haga falta. Antes rememora otra anécdota. “Se me ha olvidado decirte que soy daltónico y que cuando jugábamos contra el Betis era la única vez que rezaba para que Iribar no se lesionara. Las rayas rojiblancas del Athletic y las verdiblancas del Betis para mí eran todas iguales… ¡Imagina el runrún de la Catedral!”.
Iribar recuerda al segundo de a bordo del Athletic como “un portero de grandes reflejos, muy rápido”. Por el lado menos positivo, evoca del vizcaino que “sufría de la espalda”. Del carácter de Javier le gusta que rebosa simpatía, mucho humor. Tenía la capacidad de saber reírse de sí mismo, de sus errores. Era muy agradable en el grupo. Es una buenísima persona y con la sensibilidad de estar dispuesto a colaborar siempre”.
El Txopo es consciente de que a nadie le gusta ser suplente, pero Etxebarria, “con lo mal que se pasa en esa tesitura, le echaba sentido del humor y con buen talante entrenaba muy bien”. Además de ese mérito hay otro que enfatiza el de Zarautz del zornotzarra. “Al acabar su carrera futbolística, sacó la carrera de Filología vasca. Fue una sorpresa muy agradable para mí. Al irse él a jugar al Sabadell, perdimos el contacto y a la vuelta me contó todo eso, siendo euskaldun”.

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