LA FRÍA PARROQUIA DE AMOREBIETA

No queríamos un funeral triste. Casi todos lo son. De ahí que los que están en el altar y quienes se encuentran bajo él se empeñen en que el adiós al ser querido se convierta en un hasta luego, cargado de cariño, gestos y humanidad. Por eso llevo cargando rabia desde el pasado viernes 17 de marzo. La conocida coloquialmente como “parroquia de Amorebieta” estaba igual de bonita que siempre y sus singulares ángeles nos saludaban desde arriba. Los pésames se mezclaban en los pórticos con simpáticas anécdotas sobre la fallecida. En cambio el párroco, Javier Jaio, estuvo frío. Mucho. Y desafortunado. Después he sabido que no ha sido la única vez. De ahí estas líneas. Una cosa es ser el párroco y otra creer que la parroquia es un cortijo donde los fieles carecen de voto y, sobre todo, de voz. O quizá esté equivocado, 51 años acudiendo a más funerales que un cura y 12 años de colegio en Jesuitas no me sirvan para percibir que no fue normal lo sucedido ese viernes.

Ese día, a las 19:00, se celebró el funeral por Leonor Antxia. Ama, amama, pariente, amiga y vecina de muchos y de muchas zornotzarras y de quienes nacimos y vivimos en tierras vecinas, pero que siempre sentimos Amorebieta como parte indisoluble de nuestra cuna. Tras casi 102 años Leonor decidió apagarse y abandonar este mundo. Pero no quisimos que la despedida fuera triste. Ella no lo era. Todo lo contrario. Tiene mérito cuando has sobrevivido a las bombas del cielo y después al destino que, cruel y aún no satisfecho, te coloca minas injustas a lo largo de la vida. Leonor vio morir a su marido, a su hija, a sus yernos y a demasiada gente a una edad en la que nadie debería irse. Pero siguió adelante. Porque hablamos de una superviviente que, pese a todo, amaba este mundo. Y queríamos que se escuchara eso en su funeral. Pero no pudo ser.

El párroco se negó a que leyéramos las breves palabras que le íbamos a dedicar. Esas que su hija y la nieta que ha compartido hasta el último segundo sus horas de vida me pidieron que escribiera. Pero quien oficiaba no entendía de sentimientos. Triste paradoja. Un familiar le preguntó en qué momento podíamos leer el texto. Y respondió que en ninguno. Su argumento fue que “había habido problemas en alguna ocasión anterior y que por eso no se permitía”. Todo en plural y sin más explicaciones, siguiendo esa máxima de “no hay más que hablar”. Aún hoy desconocemos cuándo y, sobre todo, quién tomó una decisión así, que a muchos nos sorprende. Por mi trabajo recorro diferentes tierras. En todas he preguntado al respecto y no dan crédito ante lo sucedido en esta parroquia. Conste que todo lo que se sale de la liturgia oficial está en manos del párroco de turno, quien está legitimado para tomar esa y otras decisiones. Pero resulta paradójico que, cuando más se está abriendo la Iglesia a la ciudadanía, alguien decida vetar ese gesto tan habitual en los funerales. He preguntado a sacerdotes cercanos y lejanos. Incluso a ciertos miembros próximos a la Conferencia Episcopal que me han mostrado su sorpresa ante los hechos. También sé que no es la primera vez que sucede. Son muchas las personas que se han acercado para contarme que no pudieron leer un texto a sus difuntos en otros funerales celebrados en esta misma iglesia. Y también están dolidos. Insisto en que es política de la empresa y la norma está en manos del párroco. He dicho empresa por utilizar el término adecuado. Porque no permitir leer a un familiar fue, al menos en este caso, la antesala de un acto tan triste como impersonal. Lo que viene siendo un trabajo mal hecho.

Las únicas veces en que hubo una referencia a la fallecida fue durante la lectura de los textos habituales donde el hueco para el nombre permite hacer un funeral “pret a porter”, que lo mismo vale para una mujer centenaria que para un chaval veinteañero. Decir que vivió mucho y que compartió ese tiempo con su familia es de Perogrullo. Conozco horóscopos de periódicos que hilan igual de fino. Y esto también cabrea. Porque un servidor ha escrito y escribe obituarios con frecuencia y elabora perfiles sobre gente de todo tipo, raza y condición para programas de radio y artículos de prensa. Unos quince a la semana. Muchas veces no conozco al finado o al homenajeado. Pero me preocupo por saber detalles. Les aseguro que diez minutos bastan para acumular datos sobre su personalidad, vivencias y alguna curiosidad. Lo justo y necesario para que el adiós o el perfil elaborado tengan un mínimo de tacto, humanidad y cercanía. De haberlo hecho el párroco de Zornotza habría podido justificar su negativa. Lo habríamos interpretado como un “no leas nada, que ya hablo yo de ella”. Pues bien, no empleó ni solo un segundo en saber algo sobre Leonor. Y si contaba con datos previos no los utilizó. Hubo familiares que incuso se culparon después por no haber aportado datos al sacerdote, en un empeño piadoso por justificarle. Pero no me vale. Lo mínimo es que se muestre algo de profesionalidad. No ha hubo. Al menos así lo entendemos algunos. Esos que nos quedamos a oscuras porque apagaron las luces cuando aún no habíamos abandonado la iglesia y un señor nos esperaba para cerrarla, con la misma premura que un camarero ante los últimos rezagados. Solo que no era una taberna, sino una iglesia. Y no eran las tantas de la madrugada, sino las 19:45. Supongo que tenían algo importante que hacer o que después había otra ceremonia. Lo desconozco. En cambio cada vez tengo más claro por qué algunas iglesias están cada vez más vacías. Pero ese no es mi problema. Sino del párroco y sus superiores. Así que jamás habría escrito estas líneas de no ser por la rabia que tengo dentro. Sí, he dicho rabia. En esta vida muchas cosas dependen del juez, del médico o del profesional que te toque. Es algo que asumimos. Pero uno solo se muere una vez. Y ahora sabemos que la clave para que tu funeral sea cálido o frío como el hielo también depende del cura que toque. O de la parroquia. En la de Santa María solo hay una voz. La de su responsable.

Al día siguiente leímos el texto en el cementerio y en familia. Fue un sencillo y entrañable acto. Con sus lágrimas y sus sonrisas. Eso aplacó el sinsabor del funeral. Pero yo no soy tan buena persona como algunos de mi familia. Me refiero a quienes prefieren pasar página. Otros no podemos perdonar. Lo siento. Quizá si hubiésemos apreciado un mínimo de humanidad durante el funeral, o después, obraríamos de otra manera. Pero Leonor Antxia no se merecía un adiós desganado y de refilón. Nadie lo merece. Y si algo nos enseñó nuestra amama es a no callarnos ante lo que consideramos injusto. Como que una iglesia tan hermosa y cargada de Historia como la parroquia de Amorebieta se haya convertido en lugar tan frío como el corazón de su párroco.

Jon Uriarte

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