KolaboraTÙ

ZERGATIK BAI

Maiatzak 7an Zornotzan
Gure herrian egingo dana kontutan izatekoa da
Ezberdintasunagaitik batibat Erabakitzeko deia dago
Zer egin… Ir
No es solamente por el dulce placer de meter en una urna el voto soñado
Ni incluso por la importante aportación de cada persona que ha sido llamada
Hay ke ir con la conciencia de participar en un hito histórico
Ir y asumir la responsabilidad de decidir
Ir y demostrar ke podemos hacerlo
Ir y demostrar ke podemos decidir
Ir para poder contar ke fuiste
El derecho a decidir de la nación vasca no es negociable
ERABAKITZEKO ESKUBIDEAREN ALDE
JM GURUZIAGA

RESPONDIENDO A JON URIARTE

El Sr. Jon Uriarte, en la sección de Cartas al Director de la Revista Hilero, publicó un artículo con el título “La fria parroquia de Amorebieta”, referido a la parroquia de Andra Mari / Santa María.
Acogiéndonos al derecho de réplica, la Ejecutiva del Consejo Pastoral Parroquial se siente en la obligación de hacer algunas aclaraciones y precisiones sobre lo manifestado por el Sr. Uriarte; al mismo tiempo expresamos también con toda nobleza el dolor por algunos juicios injuriosos vertidos hacia la parroquia y hacia su párroco.
Queremos diferenciar dos ámbitos: el contenido del artículo y el talante que muestra el articulista.

El contenido (lo que dice):

1.- No podemos valorar si el párroco estuvo “frío” o no. Lo repite varias veces y extiende la frialdad a toda la parroquia, como señala el título del artículo. Lo que sí afirmamos, con conocimiento de causa, es que el párroco es tolerante, amable, sencillo y, en este caso coherente al mantenerse en lo acordado hace bastantes años en el Consejo Pastoral.

2.- Dice desconocer “quién ha tomado esta decisión y cuándo”. Con gusto le informamos al Sr. Uriarte:

2.1 ¿Quién decide? Estas decisiones se toman corresponsablemente ( = democráticamente) en el seno del Consejo Pastoral, formado por los curas y laic@s representantes de los diversos grupos parroquiales. Es el ámbito en el que se plantean las diversas cuestiones, se hace discernimiento sobre ellas, se valoran los pros y los contras y, finalmente, se van tomando decisiones. En la línea de la decisión que nos ocupa, existen otras como no aceptar la presencia de coros, coronas etc. Tampoco se cobra nada por las bodas, bautizos; sí por los funerales.
Todos estos criterios de actuación no son dogmáticos. Evidentemente se puede discrepar. También pueden ser modificados, siempre en el ámbito del Consejo Pastoral, no únicamente por decisión del párroco. Mientras tanto, siguiendo en vigor, lo coherente es mantenerlos. Éste debe ser, al parecer, el “delito” cometido por el párroco.

2.2 ¿Cuándo se ha tomado? Al menos, llevamos veinte años aplicando estos criterios. Con una media de 70 funerales por año, llegamos aproximadamente a los 1.400 en estos últimos veinte años.
La inmensa mayoría no solicita intervención por parte de familiares o allegados. Haciendo memoria, no han llegado a 20 peticiones. De ellas una vez que se les han explicado los motivos, han aceptado con corrección casi todas las personas, excepto cuatro casos que han presentado un enfado manifiesto. Pero sólo en este caso, la rabia confesada se ha hecho pública en los términos ya conocidos por todos en un intento de lanzar a la parroquia y a su párroco “a los pies de los caballos”.

2.3 Sin que lo haya pedido el articulista, añadimos por nuestra parte el por qué de estas decisiones. Desde luego, la intención no es exaltar los ánimos ni enrabietar a nadie, como parece entender el Sr. Uriarte.
El criterio máximo es que para la parroquia todas las personas difuntas y sus familias merecen ser tratadas con la misma dignidad. Nadie es más que nadie. Para ello se pretenden evitar signos que pueden marcar diferencias, como la actuación de coros invitados, profusión de coronas y flores, intervenciones de familiares o allegados…, que nos pueden hacer recordar, por aproximación, aquellas diferencias insultantes de funerales de primera, segunda y … que marcaron desgraciadamente la actuación de la Iglesia en algún tiempo y que felizmente, aunque siempre tarde, quedó superada.

3.- Por otra parte, no son lo mismo las exequias cristianas y un obituario. Parece que el Sr. Uriarte está habituado a este género funerario. Pero no es bueno confundirlos. Lo nuclear en un funeral, se aprecie o no, es la acogida, la escucha de la Palabra de Dios, el Evangelio, la aplicación de la misma a las circunstancias concretas en la homilía, la oración por los difuntos y su familia, el rezo del Padrenuestro, la despedida serena y esperanzada de la celebración, dando a significar que Dios Padre, por medio de Jesucristo acoge a los difuntos en la Vida sin fin. Lo secundario es el hipotético obituario, cuyo lugar propio puede ser el tanatorio o la despedida en el cementerio.
No olvidemos que la reforma litúrgica que nace del Concilio Vaticano II prohíbe expresamente los “panegíricos” (discurso elogioso de la persona difunta) en la celebración de los funerales, aunque, es justo reconocerlo, no siempre se respeta este criterio conciliar.

La actitud o talente:

Una breve referencia al tono o talante que hemos percibido en el artículo que nos ha producido un fuerte desasosiego, a nosotros y a no pocas personas del municipio, sin negar que haya producido también fruición en otras.
De su escrito se desprende-según percibimos- una actitud prepotente en la que su amor propio ha quedado herido. Nos parece humano y lo aceptamos. Pero no nos parece procedente publicar este artículo, sobre todo, por las inexactitudes introducidas en su contenido y que hemos señalado. No es propio de un profesional del periodismo, llamado a servir ante todo a la verdad, dar publicidad de algo sin haberse informado suficientemente de la práctica parroquial para expresar su discrepancia natural con corrección y respeto. Nos extraña muchísimo que haya realizado consultas al respecto en tantas tierras que recorre, a sacerdotes cercanos y lejanos, incluso a ciertos miembros próximos a la Conferencia Episcopal y todos le han dado la razón; sin embargo, no parece que ha consultado al Sr. Obispo de Bilbao y a su Vicario territorial, ante quienes el párroco Jabi Jaio, que sepamos, goza de total confianza.
No podemos negar el desasosiego producido y las discrepancias señaladas, pero afirmamos no guardar el mínimo rencor hacia Jon Uriarte, que comprendemos que se ha dejado llevar por un enfado considerable. Por nuestra parte, damos por zanjada esta cuestión y nos mantenemos dispuestos, si le parece bien, a un diálogo abierto y leal.

Saludo respetuoso

Fdo.
Ejecutiva del Consejo Pastoral de la Parroquia Andra Mari

Mari Feli Arrizabalaga
Esther Crespo
Agurtzane Lizaso

LA FRÍA PARROQUIA DE AMOREBIETA

No queríamos un funeral triste. Casi todos lo son. De ahí que los que están en el altar y quienes se encuentran bajo él se empeñen en que el adiós al ser querido se convierta en un hasta luego, cargado de cariño, gestos y humanidad. Por eso llevo cargando rabia desde el pasado viernes 17 de marzo. La conocida coloquialmente como “parroquia de Amorebieta” estaba igual de bonita que siempre y sus singulares ángeles nos saludaban desde arriba. Los pésames se mezclaban en los pórticos con simpáticas anécdotas sobre la fallecida. En cambio el párroco, Javier Jaio, estuvo frío. Mucho. Y desafortunado. Después he sabido que no ha sido la única vez. De ahí estas líneas. Una cosa es ser el párroco y otra creer que la parroquia es un cortijo donde los fieles carecen de voto y, sobre todo, de voz. O quizá esté equivocado, 51 años acudiendo a más funerales que un cura y 12 años de colegio en Jesuitas no me sirvan para percibir que no fue normal lo sucedido ese viernes.

Ese día, a las 19:00, se celebró el funeral por Leonor Antxia. Ama, amama, pariente, amiga y vecina de muchos y de muchas zornotzarras y de quienes nacimos y vivimos en tierras vecinas, pero que siempre sentimos Amorebieta como parte indisoluble de nuestra cuna. Tras casi 102 años Leonor decidió apagarse y abandonar este mundo. Pero no quisimos que la despedida fuera triste. Ella no lo era. Todo lo contrario. Tiene mérito cuando has sobrevivido a las bombas del cielo y después al destino que, cruel y aún no satisfecho, te coloca minas injustas a lo largo de la vida. Leonor vio morir a su marido, a su hija, a sus yernos y a demasiada gente a una edad en la que nadie debería irse. Pero siguió adelante. Porque hablamos de una superviviente que, pese a todo, amaba este mundo. Y queríamos que se escuchara eso en su funeral. Pero no pudo ser.

El párroco se negó a que leyéramos las breves palabras que le íbamos a dedicar. Esas que su hija y la nieta que ha compartido hasta el último segundo sus horas de vida me pidieron que escribiera. Pero quien oficiaba no entendía de sentimientos. Triste paradoja. Un familiar le preguntó en qué momento podíamos leer el texto. Y respondió que en ninguno. Su argumento fue que “había habido problemas en alguna ocasión anterior y que por eso no se permitía”. Todo en plural y sin más explicaciones, siguiendo esa máxima de “no hay más que hablar”. Aún hoy desconocemos cuándo y, sobre todo, quién tomó una decisión así, que a muchos nos sorprende. Por mi trabajo recorro diferentes tierras. En todas he preguntado al respecto y no dan crédito ante lo sucedido en esta parroquia. Conste que todo lo que se sale de la liturgia oficial está en manos del párroco de turno, quien está legitimado para tomar esa y otras decisiones. Pero resulta paradójico que, cuando más se está abriendo la Iglesia a la ciudadanía, alguien decida vetar ese gesto tan habitual en los funerales. He preguntado a sacerdotes cercanos y lejanos. Incluso a ciertos miembros próximos a la Conferencia Episcopal que me han mostrado su sorpresa ante los hechos. También sé que no es la primera vez que sucede. Son muchas las personas que se han acercado para contarme que no pudieron leer un texto a sus difuntos en otros funerales celebrados en esta misma iglesia. Y también están dolidos. Insisto en que es política de la empresa y la norma está en manos del párroco. He dicho empresa por utilizar el término adecuado. Porque no permitir leer a un familiar fue, al menos en este caso, la antesala de un acto tan triste como impersonal. Lo que viene siendo un trabajo mal hecho.

Las únicas veces en que hubo una referencia a la fallecida fue durante la lectura de los textos habituales donde el hueco para el nombre permite hacer un funeral “pret a porter”, que lo mismo vale para una mujer centenaria que para un chaval veinteañero. Decir que vivió mucho y que compartió ese tiempo con su familia es de Perogrullo. Conozco horóscopos de periódicos que hilan igual de fino. Y esto también cabrea. Porque un servidor ha escrito y escribe obituarios con frecuencia y elabora perfiles sobre gente de todo tipo, raza y condición para programas de radio y artículos de prensa. Unos quince a la semana. Muchas veces no conozco al finado o al homenajeado. Pero me preocupo por saber detalles. Les aseguro que diez minutos bastan para acumular datos sobre su personalidad, vivencias y alguna curiosidad. Lo justo y necesario para que el adiós o el perfil elaborado tengan un mínimo de tacto, humanidad y cercanía. De haberlo hecho el párroco de Zornotza habría podido justificar su negativa. Lo habríamos interpretado como un “no leas nada, que ya hablo yo de ella”. Pues bien, no empleó ni solo un segundo en saber algo sobre Leonor. Y si contaba con datos previos no los utilizó. Hubo familiares que incuso se culparon después por no haber aportado datos al sacerdote, en un empeño piadoso por justificarle. Pero no me vale. Lo mínimo es que se muestre algo de profesionalidad. No ha hubo. Al menos así lo entendemos algunos. Esos que nos quedamos a oscuras porque apagaron las luces cuando aún no habíamos abandonado la iglesia y un señor nos esperaba para cerrarla, con la misma premura que un camarero ante los últimos rezagados. Solo que no era una taberna, sino una iglesia. Y no eran las tantas de la madrugada, sino las 19:45. Supongo que tenían algo importante que hacer o que después había otra ceremonia. Lo desconozco. En cambio cada vez tengo más claro por qué algunas iglesias están cada vez más vacías. Pero ese no es mi problema. Sino del párroco y sus superiores. Así que jamás habría escrito estas líneas de no ser por la rabia que tengo dentro. Sí, he dicho rabia. En esta vida muchas cosas dependen del juez, del médico o del profesional que te toque. Es algo que asumimos. Pero uno solo se muere una vez. Y ahora sabemos que la clave para que tu funeral sea cálido o frío como el hielo también depende del cura que toque. O de la parroquia. En la de Santa María solo hay una voz. La de su responsable.

Al día siguiente leímos el texto en el cementerio y en familia. Fue un sencillo y entrañable acto. Con sus lágrimas y sus sonrisas. Eso aplacó el sinsabor del funeral. Pero yo no soy tan buena persona como algunos de mi familia. Me refiero a quienes prefieren pasar página. Otros no podemos perdonar. Lo siento. Quizá si hubiésemos apreciado un mínimo de humanidad durante el funeral, o después, obraríamos de otra manera. Pero Leonor Antxia no se merecía un adiós desganado y de refilón. Nadie lo merece. Y si algo nos enseñó nuestra amama es a no callarnos ante lo que consideramos injusto. Como que una iglesia tan hermosa y cargada de Historia como la parroquia de Amorebieta se haya convertido en lugar tan frío como el corazón de su párroco.

Jon Uriarte

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PORTADA 2016

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